Contestación pública al artículo del Sr. Arnal titulado “Alarmistas incendiarios” https://www.eldiario.es/cv/opinion/Alarmistas-incendiarios_6_802529750.html que hace referencia al artículo de Castellnou y García Hernández titulado “incendios como bombas atómicas” https://elpais.com/elpais/2018/07/24/opinion/1532457837_710821.html

Parte 3. El mito del “bosque primigenio” y el mito del “fuego destructor”.

Expresa usted que desde la perspectiva tremendista “no se entiende cómo pudieron existir y persistir los bosques sin la inestimable ayuda humana, que parece necesaria para mantenerlos”, y ese es el gran error, poco discutible porque es una cuestión de fechas. Nuestros bosques tienen un límite temporal en su origen que es el final de la última glaciación, hasta ese momento la Península tenía ecosistemas esteparios fríos prácticamente sin árboles, no había bosques salvo casos relictos en algunos valles del sur, cuestión ampliamente demostrada por las diferentes ramas de la paleoecología. De eso hace 12.000 años y en esa época el Homo Sapiens campaba ya a sus anchas por nuestro territorio, cazando, candela en mano, bisontes como los de Altamira. El primer vestigio arqueológico de uso controlado del fuego en España está en su Comunitat Valenciana, en Tabernes, y se data en más de 200.000 años.

Su opinión se basa en lo que yo denomino “el mito del bosque primigenio”, que afirma que si sacamos al ser humano del ecosistema, el bosque evolucionará hacia un estado “climax” de permanente equilibrio, y esto carece de base científica y, simplemente, es contrario al sentido común. Podría argumentarle que esta visión errónea se fundamenta en una discutible interpretación de las teorías centenarias de Frederic Clements y de la teoría del caos de Lorenz,  refutada por Ilya Pirogine hace ya cuarenta años, en entender erróneamente la entropía como una constante estática, en fin, en conocimiento científico obsoleto. Pero es más sencillo, señor Arnal: cuando llegaron los bosques a las zonas templadas del planeta hace 12.000 años, el ser humano y su antorcha ya estaban aquí.

La paleobotánica ha demostrado, por los abundantes depósitos de carbón vegetal, que en todo el hemisferio norte los incendios forestales son masivos durante los primeros milenios del comienzo del periodo cálido que sigue a la última glaciación, el Holoceno, tanto por el aumento de la biomasa ligado al nuevo clima como por el uso del fuego como técnica de caza, ambas cuestiones causales en la extinción de la megafauna (esos bisontes). Inmediatamente después, llegó el neolítico, la ganadería, la agricultura, y la extensión de las técnicas de quema y roza para abrir el bosque y conseguir terrenos rotatorios de cultivo y pasto, configurándose el campo en silva (bosques), ager (cultivos) y saltus (pastos) desde hace al menos 7.000 años y permaneciendo, con altibajos climáticos y demográficos, más o menos estable hasta el inicio del actual éxodo rural en la década de 1950. Este es el paisaje tradicional en mosaico que anhela Castellnou. El bosque era una parte imprescindible de la economía agraria preindustrial, porque provee a los campesinos de insumos esenciales para su economía de subsistencia, especialmente la leña para calentarse y cocinar, pero también caza, setas o bayas.  Por eso los campesinos siempre han cuidado el bosque, porque lo necesitaban para sobrevivir, y si hoy tenemos algunos bosques ricos en biodiversidad es, precisamente, por el cuidado de nuestros antepasados y no porque el terrible ser humano nunca los haya pisado.

Y en todo ese tiempo el ser humano ha tenido una herramienta barata y eficaz para realizar ese cuidado, el fuego. Y con ello entramos en el tercer mito, “el mito del fuego destructor”.  En el paisaje tradicional en mosaico, el monte estaba en equilibrio porque una vez consumida por personas y rumiantes su productividad primaria, el exceso de energía restante, la vegetación seca, se quemaba y punto. Con seguridad, en invierno y con un fuego de baja intensidad, pero nunca dejaban que se acumulase la biomasa como, felizmente para usted, hacemos ahora.

Los gestores de los Parques Nacionales americanos, (el US forest Service) aprendieron pronto que sacar el fuego de la ecuación de la conservación (las políticas de exclusión) era un error trágico, pues conseguían exactamente lo contrario de lo que pretendían: mayores incendios. Ya en la década de 1960 comenzaron a dejar arder los fuegos “naturales” originados por rayos. Quince años después y tras el primer gran incendio “televisado” de la historia, el del Parque Nacional de Yellowstone en 1988 (3 meses ardiendo y 300.000 hectáreas quemadas) tuvieron que asumir y aplicar el conocimiento ancestral de los nativos americanos: si cae un rayo deja arder para que se “limpie” el bosque, si no cae el rayo debes quemar tú el matorral, Manitú no puede estar en todo.

Hay una frase de Stephane Pyne, autoridad mundial absoluta en la historia de los incendios forestales, que lo resume con extrema claridad: Cuando sacamos del bosque el “fuego domesticado” creamos un nicho que ocupará el “fuego Salvaje”. El texto se publica en España, traducido por Ricardo Vélez, en un libro, imprescindible, de la Universidad Internacional de Andalucía coordinado por el profesor Eduardo Araque hace… Veinte años. No es algo nuevo en nuestro país, al menos no para la comunidad técnica y científica. No es inaudito, aunque pueda parecérselo, no es solo ciencia, también tenemos una enorme experiencia práctica de la que aprender, en especial desde el otro lado del Atlántico.  

En la actualidad el fuego “domesticado” se usa ampliamente en muchos lugares en la gestión de los ecosistemas forestales, incluyendo al mayor propietario forestal privado del mundo, la ONG “The Nature Conservancy”, y en EEUU estados como Florida queman más de un millón de hectáreas (la superficie de Asturias) cada año. ¿Dónde tienen más dificultades las quemas preventivas por el modelo de poblamiento y la resistencia de los propietarios? En California.

El bosque mediterráneo necesita al hombre, señor Arnal, porque ha evolucionado con él y sus quemas en los últimos diez milenios, adaptándose, y necesita fuego de baja intensidad para mantenerse en equilibrio, porque es su mecanismo de disipación del exceso de energía. Lea a Pirogine, que por algo le dieron el Nobel. Y en España lea a Juli Pausas, o mejor pase a verlo, trabaja para el CSIC en la Universidad de Valencia, aprenderá mucho como biólogo.  

En nuestro país tenemos técnicos y científicos de prestigio internacional predicando en el desierto que las políticas de exclusión del fuego, basadas en los tres mitos que yo le explico aquí, son un error y son contraproducentes, no solucionan el problema, lo aumentan. Empezamos a implantar legislativamente estas políticas en 1968 y el problema de los incendios forestales es mucho mayor ahora que entonces. Cincuenta años, señor Arnal. Parece un plazo razonable para entender que una determinada política, la de exclusión del fuego arropada por la extinción como solución única, no funciona.

Ojalá, como sociedad, lo comprendamos a tiempo y no tengamos que contar los cadáveres por docenas, como en Portugal, Grecia o California.

José María Martínez Navarro.

P.D. Sigo pensando que debería usted disculparse con los señores Castellnou y García Hernández, es indigno que les llame despectivamente incendiarios. Ellos tienen razón y usted no.