(https://www.eldiario.es/cv/opinion/Alarmistas-incendiarios_6_802529750.html) que hace referencia al artículo de Castellnou y García Hernández titulado “incendios como bombas atómicas” https://elpais.com/elpais/2018/07/24/opinion/1532457837_710821.html

Parte 1. Falta de respeto inaceptable.

El señor Castellnou, al que no conozco personalmente, es un técnico en Gestión de Incendios Forestales de reputación internacional, reconocido tanto por la comunidad técnica a la que pertenece como por la comunidad científica en todo el mundo. La entidad sin ánimo de lucro que él preside y que realiza una labor fundamental en el análisis del problema, Fundación Pau Costa, lleva el nombre de su amigo Pau, quien, junto con otros cuatro compañeros también bomberos forestales del GRAF, murió calcinado intentado apagar el incendio de Horta de San Joan en 2009. Tanto el señor Castellnou como el señor García Hernández, jefe de extinción de la Junta de Extremadura, han arriesgado sus vidas, sin ninguna duda y en multitud de ocasiones, para defender de las llamas el bosque que usted tanto afirma querer. Entre 2001 y 2015 han muerto en España en acto de servicio 75 profesionales de la extinción de incendios forestales, es decir, de media mueren cinco bomberos al año defendiendo el monte de las llamas.

Por eso es una falta de respeto inaceptable la ocurrencia por su parte de llamarles despectivamente “alarmistas incendiarios”. No dudo que sea muy loable su trabajo en defensa del medio ambiente, como activista, como diputado o como asesor de la Generalitat, pero siempre lo hizo desde un despacho, mientras que durante ese tiempo los señores Castellnou y García Hernández se dejaban la piel, arriesgando su salud física y mental, para apagar incendios verano tras verano, y por eso me atrevo, humildemente, a pensar que debería usted disculparse.

Después de una atenta lectura de su artículo del día 10 de agosto, también creo que está usted profundamente equivocado, y desde esta discrepancia pero con todo el respeto intentaré explicar aquí las razones de su error, públicamente, porque esas equivocaciones, en su condición de líder social, representante político y activista ambiental, están dificultando sobremanera en nuestro país el desarrollo de políticas de prevención adecuadas y basadas en el conocimiento científico disponible, cuestión por la que considero importante rebatir aquí su opinión publicada.

Llamar a la leña combustible no es despectivo, es descriptivo, en un incendio forestal el comburente, como en cualquier fuego, es el oxígeno y el combustible la vegetación, no puede ser de otra manera. Nadie insulta ni demoniza a la vegetación por llamarla “combustible”. En mi opinión esta obviedad ilustra claramente que el suyo es un planteamiento ideológico/afectivo y no científico, por más que su título de doctor en Biología pueda imbuirlo de la correspondiente “autoritas”.

California tiene, con un clima mediterráneo similar al nuestro, aproximadamente un 84% de la superficie y la población de España, pero el doble de nuestro PIB. Es el estado americano con más conciencia ecológica y una de las zonas más ricas del planeta. Tienen la mejor ciencia, los mejores medios de extinción y la mayor experiencia de todo el mundo, pues el servicio de extinción en EEUU se crea en la década de 1910. Este mes de agosto los californianos han sufrido el mayor incendio forestal de su historia en el condado de Mendocino, ha permanecido activo más de 40 días, y, junto con otro gran incendio en el condado de Carr, han generado casi 300.000 hectáreas quemadas, diez muertos civiles y 38.000 personas evacuadas. Me temo que la realidad da la razón al señor Castellnou, es evidente que hoy nos encontramos ante incendios que no pueden controlarse independientemente de los medios, procedimientos o experiencia que tenga el dispositivo de extinción. La realidad es terca, señor Arnal.

Pensar que este agravamiento de la severidad de los incendios forestales es también una consecuencia del cambio climático no es considerar éste una batalla perdida, sino constatar que ya estamos sufriendo sus primeros efectos.

El desempeño de los servicios de extinción en España es, en mi opinión, extraordinario. Salvo la excepción de Cantabria y sus fuegos de invierno perfectamente estudiada por la profesora Carrecedo, en todas las comunidades autónomas se logran controlar más del 80% de las igniciones antes de que quemen 5 hectáreas, llegando en algunas provincias a tasas del 97% de incendios que no se propagan. ¿Es mejorable? Difícilmente, pero en cualquier caso, y a tenor de lo vivido en Vigo, Pedrograo Grande, Grecia o California, la solución por la que usted aboga en cuatro de las cinco medidas que propone, intentar apagar todos los incendios antes de que se descontrolen, es, evidentemente, jugar a la ruleta rusa.

Y los jefes de extinción le están diciendo que no desean jugar a la ruleta rusa, por eso, en un ejemplar ejercicio de responsabilidad profesional, no quieren ese aumento de inversiones y medios de extinción por el que usted aboga, sino un cambio radical de las políticas públicas de prevención. Radical, Señor Arnal, pues las actuales políticas españolas de prevención de incendios forestales, basadas en opiniones como la suya y no en ciencia, son contraproducentes.  

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