Contestación pública al artículo del Sr. Arnal titulado “Alarmistas incendiarios” https://www.eldiario.es/cv/opinion/Alarmistas-incendiarios_6_802529750.html que hace referencia al artículo de Castellnou y García Hernández titulado “incendios como bombas atómicas” https://elpais.com/elpais/2018/07/24/opinion/1532457837_710821.html

En la noche del 14 de octubre del año pasado, cuando todos veíamos en directo por La Sexta la mayor ciudad de Galicia cercada por las llamas, (recuerdo la cara de incredulidad del director del medio que publica su artículo, Señor Escolar, presente en el plató) las noticias que circulaban en redes sociales ponían el acento en las docenas de focos simultáneos de la que reducían la necesaria intencionalidad de los hechos, “la mano del hombre”. Aparecían así los encapuchados de la moto, los globos incendiarios y la teoría de la conspiración. En el artículo que usted critica, Castellnou y Hernández explican claramente lo ocurrido en términos científicos, de termodinámica atmosférica: un pirocúmulo, la columna de humo del incendio principal cargada de material inflamado, se enfría y se desploma por su propio peso generando vientos de más de 100 km/h que esparcen pavesas inflamadas en todas direcciones, que al caer sobre la vegetación extremadamente seca por las condiciones meteorológicas (su “combustible”) provocan docenas de incendios secundarios “por salpicadura”, algunos de ellos en los parques públicos de la ciudad de Vigo. Por eso los paisanos decían a los periodistas que el fuego caía del cielo y por eso el fuego se extiende a una velocidad inaudita, por vía área.  

Al día siguiente, y tras admitir que la situación estuvo fuera de control durante 12 horas, el presidente Feijóo, arropado por el gobierno del Estado, sentencia su versión de los hechos: es un problema de “terroristas incendiarios” que se soluciona con más código penal y más policía, no es una cuestión forestal sino de orden público. Ante la prensa el entonces Presidente del Gobierno acertó a decir “los que está claro es que los bosques no se queman solos” y la Ministra de Agricultura que “solo el 5% de los fuegos son causados por falta de limpieza en el monte”.

En gran medida, señor Arnal, las propuestas que usted plantea como centrales en el modelo de prevención que defiende: vigilancia, disuasión, información, educación o regulación legal van en el mismo sentido, para usted el centro del problema también son las personas, y sus perversas intenciones, también es un problema de orden público.

Los que nos dedicamos al estudio científico del problema de los incendios forestales sabíamos esa noche lo que estaba ocurriendo en Vigo, pavesas, porque sabemos que en Galicia no hay ninguna trama incendiaria ni una sociedad rural enferma de piromanía, pero confesaré que no me sorprendió, por recurrente (la inventó Romay Beccaría en 1990), la respuesta del gobierno regional, que consistió en volver, de nuevo, al mito de Nerón y los cristianos: la responsabilidad por el desastre no es mía porque la culpa es de un imaginario “otro”: la conspiración. Y no es una cuestión “partidista”, Rubalcaba decía exactamente lo mismo en 2006.

El Fiscal de Medio Ambiente de Galicia pregonaba aquellos días en toda la prensa que si le ordenaban investigar, investigaba, pero que no iba a encontrar ninguna trama y de hecho solo lograron detener a un funcionario del juzgado de Vigo, activista ambiental como usted, que había provocado un conato en su finca realizando labores de limpieza, y que se pasó, por la “alarma social”, 48 horas en prisión incomunicada como si fuera un terrorista, lo cual es una absoluta barbaridad.

Sí me sorprendió, y me preocupó, leer en prensa esos días un artículo del líder nacional de EQUO que decía básicamente lo mismo: es un problema de terrorismo ambiental, y no quiero aquí criticar al señor López de Uralde, con el que coincido en casi todo, sino ir al fondo de la cuestión en mi desacuerdo con su artículo, señor Arnal, y el modelo de prevención que en él defiende.

Por eso le diré que el problema de su opinión radica en una visión errónea, por más que sea la generalizada, del monte en relación con los incendios forestales, fundamentada por una parte en conocimiento científico obsoleto, y por otra parte en la fragmentación del saber, básicamente en el desconocimiento de los procesos humanos históricos en relación con nuestro paisaje y ecosistemas, así como del papel del fuego en todo ello.